En Kenia, la inteligencia artificial vacía el negocio de los trabajos académicos por encargo
Decenas de miles de kenianos vivían de escribir ensayos para estudiantes del exterior. Con la IA, los pedidos cayeron, los pagos se achicaron y muchos buscan otra salida.

En Nairobi, la capital de Kenia, decenas de miles de personas llegaron a trabajar como ghostwriters académicos: escribían trabajos para estudiantes de universidades extranjeras. Según estimaciones, ese fue el panorama en el momento de mayor auge. Hoy la inteligencia artificial (IA) hace buena parte de ese trabajo, y los ingresos de quienes dependían de él se desplomaron.
Del primer encargo al boom
Winfred Mutua, de 29 años, empezó cuando un estudiante kenianoque iba a una universidad británica le escribió por WhatsApp para pedirle ayuda con un ensayo. Trabajó días enteros, a veces hasta la madrugada, y el texto volvió tres veces por problemas de formato. La nota final fue "muy bien". Los padres del estudiante pagaron 45.000 chelines kenianos, unos 300 euros, más de lo que gana un docente en Kenia en un mes. Después le llegaron pedidos de Reino Unido, Dinamarca, Canadá y otros países.
El fenómeno se apoya en un país joven, donde uno de cada dos habitantes tiene menos de 20 años y los empleos formales escasean. Para muchos, escribir para otros es todavía el ingreso principal o único.
El golpe de la IA
Mutua contó que su trabajo cayó un 70% en muy poco tiempo. Llegaban menos consultas y, además, los estudiantes ya no enviaban las consignas y el material de clase, sino textos completos generados por IA para que ella los editara y los hiciera parecer obra de un alumno aplicado. Según relató, editar suele dar tanto trabajo como escribir desde cero, pero los clientes pagan una fracción.
Dennis, de 25 años, que estudió Economía y Estadística, llegó a tener más de veinte personas en su equipo y produjo varios miles de trabajos en casi tres años. Explicó que las plataformas, en general con sede fuera de África, funcionan como subastas: el cliente pide un trabajo y varios redactores ofrecen precio. Antes, quien recibía solo una parte del ingreso total debía cobrar al menos cuatro dólares por página. Tras la irrupción de la IA, algunas plataformas bajaron los mínimos y empezaron a aparecer ofertas de un dólar por página. Para su equipo dejó de convenir.
Dennis y otros interlocutores en Nairobi también contaron que detrás de perfiles con nombres y fotos europeos o estadounidenses suelen estar otras personas. Según Dennis, algunas plataformas lo alentaban a usar el perfil de una persona blanca, porque en su experiencia eso atraía más pedidos a mejores precios. "Es la realidad", dijo.
Qué hacen ahora
Teresios Bundi, que también escribió trabajos para estudiantes, pasó primero a entrenar modelos de IA. Lo recuerda como una experiencia desalentadora: "Es como estar sentado en un témpano, y alrededor no solo se derrite el hielo, sino que uno mismo contribuye a derretirlo". Hoy es asesor de empleos digitales globales de la agencia alemana de cooperación GIZ, que apoyó al gobierno keniano en el desarrollo de una estrategia de IA, y vincula a empresas informáticas alemanas con profesionales kenianos.
Mutua sigue escribiendo, pero busca alternativas y cree que los días del negocio están contados. Planea empezar un doctorado en estudios de paz y conflicto para trabajar en organismos humanitarios. Dennis maneja para Uber y otras dos aplicaciones de transporte y evalúa volver a operar con criptomonedas. Admitió que pensó que era injusto que estudiantes de países ricos hicieran trampa con su trabajo, pero dijo: "No tenía otra opción".
Un marco legal desparejo
En Alemania, presentar como propio un trabajo escrito por un tercero es una falta grave a los reglamentos universitarios y puede tener consecuencias penales si se firmó una declaración jurada de autoría. En Reino Unido y otros países, ofrecer servicios de este tipo en el ámbito académico está prohibido. Mutua sostiene que los estudiantes pueden pedir ayuda, pero deben hacer su trabajo.
Una lectura
Kenia es considerada uno de los países tecnológicamente más avanzados de África, con pagos móviles desde hace casi dos décadas y una amplia economía de plataformas. La historia muestra el reverso de esa apertura: trabajos tercerizados que dependían de la distancia y del costo laboral pueden ser reemplazados por software. Queda abierto cuántos de esos trabajadores encontrarán empleos mejores y cuántos pasarán a otras plataformas igual de precarias, donde la competencia de precios y la dependencia de empresas extranjeras se repiten.
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