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Lunes 26 de octubre de 2026

En la selva de Surinam, los tallistas saamaka resisten el avance de la minería de oro

En la aldea de Piki Seei, los artesanos del tembe intentan que los jóvenes sigan el oficio, mientras la minería y la tala atraen a los hombres y degradan el bosque que les da la madera.

Redacción

· 3 min de lectura

En la selva de Surinam, los tallistas saamaka resisten el avance de la minería de oro
Imagen · The Associated Press

En Piki Seei, aldea del interior selvático de Surinam conocida oficialmente como Pikin Slee, Alingo Doekoe, de 63 años, se para sobre un enorme bloque de madera y lo trabaja con un pico tradicional. Está tallando un tablero para Adji-boto, un juego saamaka con raíces en África occidental. Es parte del tembe, la tradición saamaka de talla y arte decorativo.

Los saamaka son uno de los seis pueblos tribales de Surinam cuyos antepasados escaparon de la esclavitud durante el dominio colonial neerlandés y formaron comunidades independientes en el interior boscoso hace más de tres siglos. El tembe, practicado sobre todo por hombres y transmitido de padres y mayores a los más jóvenes, aparece en bancos, remos, botes, peines, puertas y en las casas de madera a orillas del río.

Un saber en la madera

Los diseños geométricos del tembe pueden llevar significados e historias. Doekoe integra Totomboti, un colectivo de Piki Seei que reúne a tallistas y busca transmitir el conocimiento cultural a las nuevas generaciones. Varios de sus integrantes son rastafaris, una fe con fuerte presencia en la aldea. Doekoe contó que él y otros hombres la adoptaron al advertir similitudes con sus propias tradiciones espirituales y su conocimiento del mundo natural.

Según Doekoe, usan árboles caídos cuando pueden y a veces talan otros, cuidando de limitar el impacto. El colectivo afirma que sus artesanos emplean solo uno o dos troncos por año, de maderas duras elegidas selectivamente.

«Hay conocimiento oculto en nuestro arte», dijo Doekoe. Josasath Liefde, de 50 años, aprendió de su padre y hace bancos, remos y botes de hasta 15 metros. «Si tenés que irte de este lugar, necesitás un bote, y la madera para hacerlo sale de este bosque. Entonces, este es nuestro sustento», explicó.

El oro como alternativa

La minería y la tala, legales e ilegales, se expandieron por el interior de Surinam. Ofrecen ingresos, pero con riesgos y daño ambiental. Doekoe a veces pasa dos meses sin vender nada y dijo que los jóvenes ven volver a otros de su edad desde los yacimientos con dinero para comprar autos y otros bienes.

Un minero saamaka, que habló bajo condición de anonimato por temor a represalias de sus empleadores, perdió un brazo en 2016 cuando una excavadora se lo aplastó en una mina. Volvió igual al trabajo: tiene una meta y cree que puede alcanzarla así. Mantiene a dos adultos y cinco chicos y quiere ampliar una granja de pollos en un terreno propio. Antes tallaba peines tradicionales; contó que muchos de los árboles que usaba fueron talados, lo que obliga a ir más lejos por madera, y que ya no puede hacerlos. «Hay definitivamente presión sobre los jóvenes para meterse en la minería. Cada uno tiene que abrirse su camino», dijo.

Liefde lo ve distinto: advirtió a sus hijos contra los yacimientos y dijo que algunos jóvenes que se fueron a trabajar murieron. «El que se va puede verlo como una oportunidad para él. Yo lo veo como una pérdida para la aldea», sostuvo.

Enseñar para retener

Tallistas vinculados a Totomboti organizan clases fuera del horario escolar para que los chicos aprendan a medir y dar forma a la madera. El Museo Saamaka de la aldea exhibe y vende piezas, y los visitantes de afuera son otro mercado. Doekoe dijo que el turismo puede incentivar a los artistas a quedarse, aunque preservar el oficio no se reduce a vender. Hay días en que los hombres dejan las herramientas para sentarse a intercambiar ideas y contar historias de los ancestros. «Es espiritual, y es vida», dijo.

Todavía llegan jóvenes a pedirle que les enseñe; a un principiante puede empezarlo con un peine. Doekoe advirtió que la minería y la tala dejan un daño que cree irreversible, porque transforman los cursos de agua y destruyen las condiciones para que el bosque se regenere. «El bosque ya no es el mismo y nunca volverá a ser lo que Dios creó», afirmó.

Una tensión sin salida simple

El caso muestra que la continuidad del tembe depende de dos frentes a la vez: que haya ingresos locales capaces de competir con el oro y que el bosque conserve la madera. Las dos cosas se debilitan juntas, ya que la minería quita brazos y árboles. Queda abierto cuánto pueden sostener el turismo, el museo y las clases frente a una actividad que ofrece dinero rápido, y qué dimensión real tiene hoy la salida de jóvenes de la aldea, un dato que no se precisó.

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