Fe y salud: un informe halló que el 82% de los estudios ve beneficios
Un relevamiento de más de mil investigaciones de alta calidad metodológica asocia la práctica religiosa con mejor salud física y mayor longevidad. La causa exacta del vínculo sigue sin explicación completa.

La rápida recuperación del papa León XIV volvió a poner el foco en un tema que la literatura científica estudia hace años: la relación entre práctica religiosa, salud y longevidad. El pontífice estadounidense, de 71 años, fue operado el 13 de octubre para extirpar un adenocarcinoma de pulmón, dejó el Policlínico Gemelli en cuatro días y, una semana después de la cirugía, los estudios histológicos dieron resultados positivos: no necesita otras terapias.
Es un caso individual, y el Papa cuenta con atención médica privilegiada. Pero la asociación entre fe y salud aparece también en poblaciones de creyentes comunes, según una serie de estudios.
Longevidad y asistencia a los templos
Un estudio publicado en 1999 en Demography vinculó la asistencia regular a lugares de culto, sostenida durante toda la vida, con siete años más de esperanza de vida. En 2001, Archives of Internal Medicine analizó a 596 pacientes internados en un hospital de Carolina del Norte: a los dos años habían muerto 176, y los sobrevivientes habían "frecuentado la iglesia más frecuentemente".
En 2016, un trabajo en Jama Internal Medicine con casi 75.000 mujeres seguidas durante más de 15 años halló que, a mayor asistencia, menor riesgo de morir: entre 13% y 33%. En 2017, Marino A. Bruce, de la Vanderbilt University, publicó en Plos One un estudio con 5.449 personas seguidas hasta 18 años. Controlando edad, sexo, etnia y enfermedades crónicas, los asistentes a una iglesia de entre 40 y 65 años tuvieron 46% menos probabilidad de morir por cualquier causa que los no practicantes.
Trabajos posteriores confirmaron la asociación con magnitudes variables: 26% en un análisis combinado de cohortes estadounidenses (International Journal of Epidemiology, 2020) y 47% en un estudio sobre hombres afroamericanos mayores (Plos One, 2022).
El balance de más de mil estudios
En junio de este año, un equipo de la Brigham Young University integrado por Loren D. Marks, Shima B. Baughman, Harold G. Koenig, Jared R. Robbins, Paul W. Lambert y Elijah L. Nevares publicó el informe The Religion & Physical Health Connection. Revisaron la literatura de mayor calidad metodológica y seleccionaron 1.086 estudios. De ellos, 876 (82%) reportaron correlaciones positivas entre religión y salud física, 124 (12%) asociaciones negativas y 69 (6%) resultados mixtos o complejos. La relación es de aproximadamente siete a uno a favor de las asociaciones positivas.
En 2022, Tracy Balboni, médica del Dana-Farber/Brigham and Women's Cancer Center y profesora en Harvard, publicó en Jama un análisis a partir de una base de 6.485 artículos. Concluyó que hay que "reconocer la espiritualidad como factor asociado a la salud en la investigación, en las evaluaciones de la comunidad y en la implementación de programas".
El costo de abandonar la práctica
Un documento de más de 60 páginas del National Bureau of Economic Research, publicado en enero de 2023 por Tyler Giles, Daniel M. Hungerman y Tamar Oostrom, examinó las "muertes por desesperación" en Estados Unidos (suicidios, sobredviews de drogas y alcoholismo), que aumentaron de forma marcada. Según los autores, ese aumento fue "precedido por una caída de la participación religiosa", y ambas tendencias están "impulsadas por estadounidenses blancos de mediana edad".
En 2021, los investigadores de Harvard Tyler J. VanderWeele y Brendan Case ya habían sostenido que "el abandono de la religión" perjudica también el bienestar de quienes dejaron de ir a los templos, y que esos efectos negativos "están destinados a aumentar en los próximos años".
Una lectura
Los estudios muestran asociaciones, no causalidad demostrada, y no existe una explicación exhaustiva. La hipótesis más extendida entre los investigadores apunta a factores que suelen acompañar la práctica: integración en redes comunitarias, estilos de vida más sanos, menor consumo de sustancias y rechazo de conductas de riesgo. Queda abierto cuánto pesa cada uno de ellos y si el efecto depende de la fe en sí o del entorno social que la rodea. Esa es la pregunta que seguirá orientando la investigación.
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