Israel antes de la elección: esperanza y cansancio en el Negev
Dos columnistas alemanes que pasan unos meses en un kibutz del desierto cuentan cómo se vive la votación del martes. El liberalismo israelí, golpeado, apuesta a un cambio; las mujeres beduinas, a votar por primera vez.

A dos días de las elecciones en Israel, la votación del martes se discute en las calles, en las familias y en las universidades. Así lo relatan los autores de una columna del diario Frankfurter Allgemeine, una pareja muslimano-judía que lleva dos semanas en un kibutz del desierto del Negev con sus hijos y piensa quedarse hasta Año Nuevo.
Según su testimonio, tener una opinión política casi no es una opción en el país: se argumenta con pasión contra el adversario, se analizan las estrategias de los partidos y se especula con los resultados. Su círculo de familiares y amigos, aclaran, es solo un recorte del espectro: va desde activistas de partidos árabes y del partido de izquierda Demócratas hasta simpatizantes del nuevo partido de centroderecha de Gadi Eisenkot, desafiante de Benjamin Netanyahu. En la familia extendida, el otro campo está representado solo por una tía, informada sobre todo por Facebook y por el Canal 14, la versión israelí de Fox News.
Un sector liberal agotado
Los autores sostienen que cuatro años de gobierno de derecha, tres años desde la masacre de Hamas y las guerras posteriores sacudieron a la parte liberal y abierta de la sociedad. Encuentran personas cansadas que ponen su esperanza en una nueva conducción. Muchas creen que cuatro años más con Netanyahu podrían significar el declive definitivo de la democracia israelí; otras sostienen que la paz quedó lejos, sin importar el resultado.
Algunos amigos piensan en emigrar y evalúan qué segunda o tercera nacionalidad podrían usar, aunque casi nadie lo dice en voz alta. En cambio, varios se involucran en la campaña, organizan actos o ayudarán el día de la votación. En Israel no existe el voto por correo.
Los beduinos del Negev
En la región viven unos 300.000 beduinos, en su mayoría árabes musulmanes: aproximadamente uno de cada cinco habitantes del sur del país. Según el relato, muchas comunidades luchan por reconocimiento, infraestructura y el derecho a permanecer en sus tierras. Algunas aldeas no están reconocidas por el Estado, falta agua, electricidad y servicios, y hay desalojos y demoliciones.
Marwan, joven director de un centro comunitario, les habló de familias cuyos asentamientos fueron destruidos con topadoras por las autoridades; el centro organizó alojamientos de emergencia y todavía no hay solución duradera. Los autores atribuyen el impulso de las demoliciones al ministro de Policía de extrema derecha, Itamar Ben-Gvir.
Ese contexto genera también resistencia política. Mujeres beduinas les contaron que votarán por primera vez, tras años de exclusión en una sociedad muy patriarcal. En un encuentro, unas 300 jóvenes escucharon un panel sobre si alcanza con votar cada pocos años. La organizadora, Asma, dijo: “Queremos que crean que pueden moldear su futuro”.
La escuela Hagar
Los columnistas visitaron la escuela Hagar, de Beer Sheva, la única primaria judeoárabe del sur del país. Alumnos de sexto grado, de once años, hablaron de la elección. Hania, alumna árabe, dijo: “Quizás por fin alguien sea presidente y se ocupe por igual de judíos y árabes”, y agregó que no cree que ocurra. Alon, que pasó sus primeros años en Londres, dijo que “Israel es odiado en todo el mundo” y que en vacaciones escondía su kipá; también afirmó: “Odio a Bibi”, y se preguntó por qué el mundo no odia solo a Netanyahu sino a todos ellos.
La directora, Avital, contó que piensa en el martes con dolor de estómago y se pregunta qué será de su proyecto si la extrema derecha sigue en el poder; la escuela ya es observada con recelo por el Ministerio de Educación. Ese día, ella y sus amigas organizarán un servicio de traslado para mujeres beduinas, cuyos locales de votación quedan a veces a más de 50 kilómetros de sus carpas y barracas.
Una lectura
El relato es el de dos observadores con simpatías visibles y una muestra social acotada, como ellos mismos admiten, pero ilustra un clima: una elección vivida como bisagra por buena parte del campo liberal y de la minoría árabe, con la emigración como plan B silencioso. Queda abierto cuánto pesará la participación de sectores históricamente ausentes, como las mujeres beduinas, y si las barreras logísticas, como la distancia a las urnas, la limitan. Habrá que mirar también cómo se expresa el voto del otro campo, que en esta crónica aparece apenas de forma anecdótica.
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