Fin del horario de verano en EE.UU.: cómo afecta al cuerpo y qué hacer
El domingo a las 2 de la mañana los relojes se atrasan una hora en la mayor parte del país. Las entidades médicas piden desde hace tiempo mantener el horario estándar todo el año, mientras el Congreso vuelve a discutir el tema.
La mayoría de los estadounidenses tendrá el domingo una hora extra de sueño, aunque el regreso al horario estándar traerá tardes más oscuras. El horario de verano termina a las 2 de la mañana, hora local, y conviene atrasar el reloj una hora antes de acostarse. El horario estándar durará hasta el 14 de marzo, cuando los relojes se adelanten otra vez.
Pocos defienden el cambio bianual. Una encuesta de AP-NORC del año pasado halló que solo el 12% de los adultos estadounidenses lo apoya, mientras que casi la mitad se opone. Si tuvieran que elegir, la mayoría preferiría conservar la hora extra de luz por la tarde.
La mayoría de los países no aplica el horario de verano; los que sí, en su mayor parte en América del Norte y Europa, cambian la hora en fechas distintas. En Estados Unidos, Hawái y casi todo Arizona se mantienen siempre en horario estándar.
Cómo reacciona el cuerpo a la luz
El cerebro tiene un reloj maestro que se ajusta con la exposición a la luz solar y a la oscuridad. Ese ritmo circadiano, un ciclo de unas 24 horas, define cuándo hay sueño y cuándo estamos más alertas, y cambia con la edad. También influye en la frecuencia cardíaca, la presión arterial, las hormonas del estrés y el metabolismo.
La luz de la mañana es clave para sincronizarlo. Hacia la noche sube la melatonina, hormona que provoca somnolencia. Demasiada luz a esa hora, sea por más tiempo al aire libre con horario de verano o por pantallas, retrasa ese pico y desajusta el ciclo.
Efectos sobre el sueño
Un cambio de una hora puede alterar las rutinas porque los horarios de trabajo y escuela no se modifican. Tras el cambio de primavera, las mañanas más oscuras y las tardes más largas dificultan dormirse a tiempo; esos primeros días se asociaron con más choques de autos y un aumento de infartos. En otoño e invierno, quienes sufren trastorno afectivo estacional, un tipo de depresión ligado a los días cortos, suelen pasarla peor.
Mucha gente se adapta sin problemas, como ocurre con el jet lag. Pero el cambio presiona más a los trabajadores por turnos o a quienes ya duermen poco: alrededor de 1 de cada 3 adultos estadounidenses duerme menos de las siete horas recomendadas, y más de la mitad de los adolescentes no llega a las ocho horas en días de semana. La falta crónica de sueño se vincula con enfermedades cardíacas, deterioro cognitivo y obesidad, entre otros problemas.
Para prepararse, se recomienda mover la hora de acostarse apenas 15 minutos por noche en los días previos. Y buscar sol por la mañana; si no se puede salir, sentarse junto a una ventana.
Un debate que vuelve cada año
Entidades como la Asociación Médica Estadounidense y la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño impulsan el horario estándar permanente, porque se alinea mejor con el sol, que en invierno sale más tarde, y con el ritmo circadiano.
El país ya probó el horario permanente en los años setenta, pero duró menos de un año por el rechazo público. El último intento fue en julio, cuando la Cámara de Representantes aprobó por amplia mayoría la Ley de Protección del Sol (Sunshine Protection Act), que fijaría el horario de verano de manera permanente. El presidente Donald Trump respalda la idea y presiona a senadores reticentes; publicó en redes sociales el número de celular del senador de Arkansas Tom Cotton, opositor.
Una lectura
Hay un desacuerdo de fondo: el público parece inclinarse por más luz de tarde, mientras la evidencia médica que citan las entidades de salud favorece el horario estándar. Si el Senado avanza, la ley fijaría justamente la opción que esas organizaciones desaconsejan. Habrá que ver si la presión política alcanza para torcer a los senadores opositores.
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