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Sábado 24 de octubre de 2026

Goiânia, 1987: el relato de un sobreviviente del accidente con cesio-137

Odesson Ferreira, hermano del hombre que compró la cápsula radiactiva, recordó cómo el brillo azul del cesio-137 desató el peor accidente de radiación de Brasil y las secuelas sociales que dejó.

Redacción

· 3 min de lectura

Goiânia, 1987: el relato de un sobreviviente del accidente con cesio-137
Imagen · BBC

Una cápsula azul que brillaba en un desguace de Goiânia, en Brasil, terminó provocando el peor accidente radiactivo del país. Casi 40 años después, Odesson Ferreira, hoy de setenta y tantos años, contó cómo vivió aquella catástrofe, según un episodio del programa Outlook del Servicio Mundial de la BBC.

Una cápsula que fascinó

Su hermano, Devair Ferreira, había comprado la cápsula a dos personas que buscaban objetos en la basura y que la habían encontrado días antes en una clínica médica abandonada. Odesson le insistía en que la tirara porque la consideraba "inútil", pero Devair estaba fascinado. Incluso pensó en convertirla en una piedra preciosa para un anillo de su esposa. Más tarde diría que se había enamorado del "resplandor de la muerte".

Al correrse la voz, vecinos, familiares y amigos fueron al desguace a verla. Algunos tomaron pequeños fragmentos brillantes y se los llevaron a sus casas. Nadie sabía que manipulaban cesio-137, un material altamente radiactivo.

La enfermedad y el primer diagnóstico

Una semana después, decenas de personas enfermaron de una dolencia que nadie entendía. Un amigo cercano de la familia la relacionó con la cápsula, y María Gabriela, esposa de Devair, la llevó a un centro médico. Allí quedó sobre una silla en el patio hasta que un médico consiguió un detector de radiación. Las lecturas eran tan altas que creyó que el aparato estaba averiado, hasta que un segundo dispositivo las confirmó.

Odesson recibió entonces un mensaje de su hermano: "Busca ayuda. El material que tocaste en la casa es radiactivo". Según Odesson, para ese momento 56 miembros de su familia extensa habían estado expuestos. Pensó en Chernóbil, ocurrido el año anterior: "Ya está, estamos todos en serios problemas, todos estamos a punto de morir".

La primera víctima fatal fue Leide, su sobrina de 6 años. Su padre había llevado un fragmento a casa en una caja de cerillas y apagó las luces para mostrarle cómo brillaba. Después, según Odesson, la nena tomó un huevo con la mano contaminada y se lo comió. Murió aproximadamente un mes más tarde, el mismo día que María Gabriela. También murieron dos jóvenes que trabajaban en el desguace.

Descontaminación y estigma

Más de 100.000 residentes de Goiânia potencialmente contaminados fueron citados al Estadio Olímpico, entre ellos Odesson. Los frotaron con un líquido descontaminante y cepillos, los rociaron con agua y les destruyeron la ropa. Les pidieron que bebieran mucho líquido. A él le dijeron que, si le gustaba la cerveza, podía tomar bastante; fue a un bar de un amigo, y después demolieron el baño porque donde orinó quedó contaminado.

Aunque lo declararon libre de contaminación, igualmente lo internaron y aislaron en el tercer piso de un hospital. Su esposa solo podía hablarle desde la calle y se alarmó por su rostro, cubierto de bultos; un médico los atribuyó al estrés. La gente empezó a evitarla: cuando tomaba el colectivo y la reconocían, se bajaban. Odesson se recuperó, pero volvió a un refugio, porque su casa fue parcialmente demolida. En un bar, un conocido levantó con una servilleta el vaso en que había tomado y lo tiró a la basura.

Cambios y una causa

El gobierno lanzó una campaña con el lema "Eu amo Goiânia", difundida a diario por radio y televisión. Después del accidente se modificaron las leyes sobre seguimiento, vigilancia y eliminación de materiales radiactivos en Brasil y otros países. Para los sobrevivientes, sin embargo, la lucha siguió durante años: reclamos de indemnización, problemas de salud y estigma.

Odesson dejó su trabajo de conductor de colectivo, que le encantaba, hizo campaña por los derechos de los sobrevivientes y llegó a presidir la Asociación de Víctimas. "Debemos luchar por la gente y asegurarnos de que esto no vuelva a ocurrir jamás en ningún lugar del mundo", dijo. Hoy escribe sus memorias y vive en una pequeña granja a 220 km de Goiânia. "Soy una persona sana que está en paz consigo misma, a pesar de todo lo que he pasado", afirmó.

Una lectura

El caso muestra cómo un objeto abandonado, sin control ni señalización que lo hicieran reconocible, pudo contaminar a miles de personas en pocas semanas. Las reformas legales apuntaron a ese vacío, pero el relato de Odesson recuerda que el daño no fue solo físico: el rechazo social y las disputas por reparaciones se extendieron décadas. Queda abierto cuánto de ese estigma persiste y qué compensaciones recibieron finalmente los afectados, algo que el testimonio no detalla.

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