Volver con los hijos a la ciudad donde uno estudió
Una columnista del Frankfurter Allgemeine cuenta cómo un paseo con su hija adolescente por su antigua ciudad universitaria despertó recuerdos y preguntas sobre por qué los padres repiten el gesto.

Durante las vacaciones de otoño, una madre recorrió con su hija adolescente la ciudad donde había estudiado hace unos 30 años. Según relata en el Frankfurter Allgemeine, en plena peatonal le volvió a la memoria una mala cita que terminó en un bar. En ese lugar hoy hay un local de currywurst vegano que atrae a grupos de estudiantes.
Donde ahora está el local, recuerda, había un zapatero. Al lado funcionaba una panadería tan "alteingesessen" (de toda la vida) que cada Día de la Madre colgaba un cartel de otra época, con una madre rodeada de niños. No había redes sociales para convocar a un boicot: simplemente no se compraba ahí, se discutía, y la reacción de cada persona ante el cartel servía para decidir si valía la pena una segunda cita. En ese caso, no.
No fue la única
La hija escuchó algunas de las anécdotas con un asombro tranquilo. La ciudad, como otras sedes universitarias, siempre fue además un imán turístico. Días después, en una fiesta, la autora comprobó que otros padres hicieron lo mismo en esas vacaciones.
Una amiga viajó a París con sus hijos, pese a las manifestaciones, para mostrarles dónde pasó un año feliz. Un antiguo compañero de departamento, hoy más formal y con canas, llevó a los suyos a Cambridge, donde se doctoró hace casi 20 años. A los chicos no les interesan todavía las materias del padre, pero sí que los colleges parezcan Hogwarts y que él, con toga y birrete, se pareciera a Harry Potter.
Qué se busca al volver
La autora se pregunta de dónde viene la necesidad de mostrar el lugar donde el yo joven dio sus primeros pasos adultos. Plantea dos posibilidades: que los hijos estén en edad de pensar vagamente qué quieren ser, o que los padres, en la mitad de la vida, busquen lo que los formó.
Cuenta que resulta enriquecedor conversar sobre cómo se vivía cuando uno respondía solo por sí mismo y el mundo parecía más grande, aunque a fin de mes sobrara "muchísimo mes". Recorrer la ciudad es buscar qué cambió: la casa de la mejor amiga en un departamento compartido caótico, el bar donde se servía por turnos, el colectivo de las ocho de la mañana hacia el campus. También recuerda tres semestres de Lectura Dantis con un puñado de compañeros, que no le resultaron aburridos sino todo lo contrario.
Una lectura
El relato muestra que estas visitas sirven menos para transmitir información que para abrir una conversación entre generaciones. La propia autora deja la pregunta sin respuesta cerrada: no sabe si el impulso responde a los hijos o a los padres. Lo que sí queda claro es que, al regreso, lo que predomina es la nostalgia por la inmersión total de aquellos años, y la satisfacción de haber ofrecido a la próxima generación, al menos, un breve chapuzón en ese mundo.
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