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Viernes 23 de octubre de 2026

A quince años de los disturbios de Londres, el malestar social se extiende por Europa

En una columna de opinión, el periodista Federico Guerrieri sostiene que las condiciones que explotaron en Londres en 2011 no se resolvieron y hoy se repiten en otras ciudades europeas.

Redacción

· 2 min de lectura

Actualizada ·

A quince años de los disturbios de Londres, el malestar social se extiende por Europa
Imagen · Il Fatto Quotidiano

Federico Guerrieri, que en agosto de 2011 vivía entre Stratford y West Ham y escribió un testimonio sobre los disturbios (riots) de Londres, volvió sobre aquel texto quince años después. En una columna publicada en Il Fatto Quotidiano, plantea que el problema de fondo nunca se abordó. Se trata de una opinión de su autor, no de un informe de hechos verificados.

Lo que decía en 2011

Guerrieri recuerda que entonces describió una realidad lejana a la imagen pulida de la capital británica: barrios marcados por el desempleo, el abandono social y la pobreza. Sostenía que los disturbios no habían llegado de golpe, sino que los anticipaban años de recortes al Estado de bienestar, menos servicios sociales, mayores aranceles universitarios y una movilidad social bloqueada. La muerte de Mark Duggan, escribió, fue solo la chispa de un malestar acumulado. Definió a los habitantes de esos suburbios como "los invisibles metropolitanos británicos, socialmente excluidos, voluntariamente olvidados y librados a su suerte".

Imágenes que se repiten

Según el autor, lo más inquietante de releer esas líneas no es haber acertado, sino comprobar que nada cambió. Menciona que en los últimos meses vio imágenes que recuerdan al verano londinense de 2011. En Milán volvió al debate el malestar de las periferias y la exclusión de parte de los jóvenes. Desde París circulan en redes videos de chicos encapuchados que saquean locales de marcas internacionales. Y en Bruselas, donde vive ahora, observa muchas de las condiciones que hacían de Londres "un polvorín social".

A la pregunta de cómo pueden quienes critican el sistema desear sus símbolos, Guerrieri responde que esos jóvenes no rechazaban la sociedad de consumo: buscaban entrar en ella. Las zapatillas, los celulares o la ropa de marca, afirma, expresaban el deseo de ser reconocidos en un sistema que los excluía de casi todo lo demás.

Causas que persisten

El autor enumera factores que, a su juicio, siguen vigentes: el costo de vida crece más rápido que los salarios, el acceso a la vivienda es cada vez más difícil y el trabajo suele ser precario. Sobre todo, dice, se fortalece la percepción de que el ascensor social se detuvo: quien nace con privilegios acumula ventajas y quien nace en los márgenes tiene menos chances de cambiar su destino.

Sostiene además que el neoliberalismo prometió crecimiento y prosperidad generalizados, mientras una parte creciente de la población europea percibe estancamiento, inseguridad y falta de perspectivas. La respuesta política, según su lectura, se reduce a seguir por el mismo camino o a un populismo nacionalista que canaliza el descontento sin cuestionar los mecanismos económicos que lo generan y prefiere señalar enemigos externos y chivos expiatorios.

Una lectura

La columna no aporta datos que midan el fenómeno ni distingue entre los episodios que cita: Milán, París y Bruselas aparecen como señales de un mismo cuadro sin análisis de cada caso. Su fuerza está en la tesis: que el malestar se acumula cuando las expectativas de movilidad se cierran. Queda abierta la pregunta con la que Guerrieri termina: por qué, tras quince años, se siguen reproduciendo las condiciones que hacen posibles estas escenas.

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