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Lunes 26 de octubre de 2026

Elisa Grimi: la escuela no debe limitarse a condenar la violencia juvenil

En una columna publicada en La Verità, la autora sostiene que, ante los disturbios y la rabia de los jóvenes, la educación tiene que mostrar también lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Redacción

· 2 min de lectura

Elisa Grimi: la escuela no debe limitarse a condenar la violencia juvenil
Imagen · La Verita

La escritora Elisa Grimi sostiene, en un texto de opinión publicado en el diario italiano La Verità, que la escuela no alcanza su objetivo si se limita a condenar la violencia de los jóvenes. Para ella, tiene que ofrecerles razones para vivir y para actuar en común.

Grimi parte de las imágenes de enfrentamientos, golpes y vidrieras rotas. Reconoce que manifestarse contra el aumento del costo de vida es legítimo, pero afirma que "romper todo no es una causa" y que la rabia, por sí sola, no se convierte en un ideal. Según plantea, el ser humano busca un "nosotros": compañeros, una dirección, algo por lo que valga la pena esforzarse. Como ejemplo recurre a la Ilíada: Héctor combate sabiendo que defiende Troya y a los suyos, de modo que su coraje tiene un rostro y una razón.

La escuela y la denuncia

Para la autora, a la escuela le cabe una responsabilidad decisiva. No basta, sostiene, con proponer temas como la mafia, las guerras, la violencia contra las mujeres o el respeto por la legalidad y las instituciones si quedan reducidos a una serie de imperativos o de horrores para denunciar. Deben conocerse y juzgarse, admite, pero la educación tiene que mostrar además "lo que es verdadero, bueno y bello".

Grimi critica a una escuela que cuenta la historia de Europa como una lista de culpas, o que presenta el arte y la literatura italianos desligados de las preguntas que los animan: así, dice, deja a los chicos sin raíces y sin horizonte. Afirma que no se trata de imponer una respuesta religiosa, sino de reconocer la matriz cristiana de la cultura europea, cuya remoción en las aulas califica de "depuración ilegítima". Y defiende no expulsar la pregunta por el sentido, presente en poetas, filósofos, historiadores e incluso en la investigación científica.

El corazón y la compañía

La autora cita al filósofo alemán Dietrich von Hildebrand, para quien el corazón es el centro espiritual de la persona y la dimensión donde el hombre responde a los valores y se deja alcanzar por la belleza. Un adolescente que pregunta si será feliz, si el amor puede durar o qué significa la muerte, escribe, no necesita una respuesta apresurada o cínica sino adultos capaces de acompañar esas preguntas.

Recurre también a don Luigi Giussani y su idea de una compañía guiada al Destino: la amistad puede ser más que una manada cuando abre a cada uno a la realidad, a la responsabilidad y a la posibilidad de mirar a Dios. Lo que ennoblece al corazón, concluye, no es la furia que destruye sino una pasión capaz de reconocer un bien y servirlo.

Una lectura

El planteo es una postura de autor, no un diagnóstico empírico: no aporta datos sobre quiénes participaron de los hechos de violencia ni sobre qué se enseña hoy en las escuelas. Su valor está en el debate que abre: si la prevención de la violencia juvenil se resuelve con advertencias o con propuestas de sentido. Queda abierto qué contenidos concretos y qué criterio común deberían guiar esa tarea, algo que la propia autora vincula a la herencia cristiana y que seguramente genere discusión en un sistema educativo plural.

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